Sonia llevaba poco tiempo meditando, desde que su nuevo maestro de Chi Kung le había explicado por una pasta cómo podía sacar más provecho a sus sesiones de meditación en casa.
Meditaba después de comer, para relajarse y para liberar estrés. Su objetivo era llegar a dejar la mente totalmente en blanco. Pero lo tenía complicado.
En la séptima sesión su alma abandonó su cuerpo. Su espíritu vagó por el cielo hasta que de pronto fue arrastrada por una fuerza desconocida y apareció en el centro del salón de una enorme casa.
Sonia vio anonadada como una mujer vertía matarratas en una copa de vino y luego se la servía al que debía ser su marido.
Cuando salió del trance acudió atacada a Fernando, su maestro.
–Tenemos que hacer algo –le dijo, realmente alterada. –No podemos permitir que lo mate.
Fernando, tras cobrarle la visita, le explicó que seguramente había tenido un sueño lúcido. Aquellas imágenes las había creado su mente. Sonia se quedó más tranquila.
Pero en la siguiente sesión su alma volvió a aquella casa y esta vez Sonia presenció como el hijo mayor le ponía los cuernos a la novia con el profesor de baloncesto y como la novia los pillaba in fraganti.
En la siguiente visita Sonia fue testigo de como la novia cortaba los cables de los frenos del coche del hijo mayor.
Se dejó el sueldo en visitas a Fernando, quien tampoco es que la ayudara mucho a resolver aquel dilema.
Sonia empezó a buscar a la familia con los datos que iba reuniendo. Se propuso acudir a la policía en cuanto consiguiera ubicar la casa.
Pero nunca consiguió ubicarla y frustrada, arruinada económicamente y cansada de ver lo que los miembros de aquella familia se hacían los unos a los otros, optó por dejar de meditar.
Lo que nunca sabría es que durante sus sesiones de meditación su alma había conectado con la señal de la TDT y lo que veía era el culebrón de las tres y cuarto en Antena 3.
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